
La gran mayoría de los (pocos privilegiados) que leeréis estas lineas estaréis más o menos familiarizados con el termino “semanada”, ”paga semanal” o ponedle el nombre que queráis, lo importante es el concepto. Pues bien, en tal caso también sabréis las grandes dificultades que poder administrar una pequeña cantidad de dinero cada siete días podían llegar a generar en el espíritu consumista de un niño de los ochenta (sí sí viejun@s, me refiero al siglo pasado, “de los años ochenta del s.XX”). Chucherias, gominolas, cromos, tebeos, máquinas arcade del salón del barrio, pequeños juguetes, pinballs, futbolines etc… La lista podía ser tan larga cómo se quiera o tan larga cómo tentaciones podías encontrarte en el camino. A todo ello se tuvo que sumar, en un momento decisivo de la historia de la humanidad, los juegos que necesitábamos comprar para alimentar nuestros cerebros y los cerebros cibernéticos de nuestro Spectrum, Amstrad, Commodore o MSX. Sí amiguitos, necesitábamos software de entretenimiento para nuestras bestias pardas de 8 bits y eso costaba dinero, mucho dinero. El precio de un juego más o menos bueno podía estar entre las 2500 y las 5000 pesetas, una pasta gansa vamos, y su compra se limitaba a fechas especiales como cumpleaños, navidades, etc… Pero claro, nosotros queríamos más, mucho más y el dinero teníamos asignado periódicamente no daba para tanto. Entonces fue cuando apareció la piratería. No os engañéis, el problema de vender copias ilegales de productos con copyright no es un invento tan reciente como nos han querido vender las grandes multinacionales del ocio, no, la piratería estoy convencido de que existe desde que el ser humano apareció en este planeta o, como mínimo, desde el momento en el que plasmó algo sobre un soporte físico para venderlo y sacar un beneficio. ¿Acaso no fue piratería lo que hizo Gutenberg con su imprenta al traducir la Biblia al alemán? Seguir leyendo…