Cuando en la escuela no destacabas por tus resultados académicos en asignaturas como matemáticas, lengua o naturales, siempre te quedaba una pequeña salida a tu bajo nivel al presentar las notas a tus padres escudándote en las notas de una de estas dos materias: música o gimnasia. A priori eran incompatibles entre sí y si eras de una era imposible, o prácticamente imposible, dominar la otra. Los “cachetas” hipermusculados dominadores de los patios escolares a base de violencia e intimidación, pero que a su vez eran incapaces de entender conceptos básicos como “suma”, “resta” o “ortografía”, tenían su sancta sanctorum en el gimnasio de la escuela. Esos aspirantes a “primos de Zumosol” cuyos alardes físicos eran inversamente proporcionales en cantidad a su cociente intelectual, dominaban sin problemas las sentadillas, las verticales, los saltos mortales y toda una serie de artes tan útiles para el día a día como lo fue en su momento la revista Comando.
Por otro lado estábamos los de música. Seres de luz con una comprensión del universo y sus misterios tal, que no necesitábamos para nada las banales enseñanzas de las asignaturas, ya que nosotros lo veíamos todo a través de los ojos de nuestro innato raciocinio supremo. ¿Estudiar los ríos? ¿Para qué? El agua sale de los grifos, ¿no? Vivir la vida de esta manera tan alejada de los problemas más mundanos y del universo más físico hacía que nuestros cuerpos no estuviesen preparados para demasiados alardes de fuerza bruta. Nosotros éramos creadores y entendedores, no ejecutores ni soldados ciegos de actitud violenta. Es por eso que la peor tortura para nosotros era la condena irremediable a asistir a las clases de gimnasia. Alguna que otra vez la excusa del dolor de cabeza o del resfriado funcionaba. Alguna que otra vez podías esconder la ropa de deporte y hacer ver que tu madre se había olvidado de dártela o que tú la habías perdido. Pero eran días muy contados, y a la que abusabas de este tipo de trolas y triquiñuelas la actitud del profesor hacia ti aún era mucho más virulenta. Ya que una cosa hay que tener clara, en aquellos remotos tiempos de la E.G.B. ochentera, el profesor de educación física no era más que uno de aquellos “cachetas” de los que he hablado antes que, por vete a saber tú que extraños designios del destino, había llegado a sacarse algún titulillo que lo habilitaba para dos cosas: primero, meter mano a las chicas de B.U.P. y C.O.U. cuando las ayudaba a realizar la vertical y el pino puente, y segundo, a atormentar con saña despiadada a aquellos que no podíamos realizar las estupideces físicas que nos obligaba a hacer. Para ello contaban con varias armas y estas son, de entre todas ellas, las peores: Seguir leyendo…








