Una de las cosas sobre la que más puedo presumir es de que jamás he tenido piojos. Sí querid@s viejun@s, por suerte esas simpáticas, a la par que bonitas criuaturas (nótese la ironía), jamás han atravesado los límites de mi espacio vital, si hablamos del entorno físico en el que nos desenvolvemos, ni tampoco han entrado dentro de mi “friend zone”, si hablamos del entorno cognitivo de nuestras relaciones afectivas.
Lo que sí he tenido, tuve y tendré es pánico a la posibilidad de tenerlos. Creo que sufro un caso leve de pediculofobia, es decir, miedo a los piojos, y digo leve porqué no me paso todo el día pensando en ellos, sino que mi terror aparece cuando me doy cuenta de que alguien de mi alrededor los sufre. Recuerdo la primera vez que los evité. Recuerdo a mi hermana pequeña llorando y sufriendo debido a los picores que le provocaban. Había llegado una tarde, después del colegio, con toda la cabeza llena de nuestros protagonistas en sus tres estados: liendre (huevos asquerosos), ninfa (bicho asqueroso acabado de nacer) y piojo (bicho muy asqueroso adulto). En cuanto mi madre se dio cuenta Seguir leyendo…






