Hubo un tiempo, no muy lejano o tal vez sí, en que ver películas en blanco y negro por televisión no era terreno exclusivo de cinéfilos. Tampoco tenías que esperar hasta la noche para verlas ni tampoco iban seguidas de insoportables tertulias donde críticos cinematográficos y otros eruditos comentan las excelencias del film que acabábamos de presenciar mientras se dan alardes de grandeza por ser tan listos de pillar todos los matices de la película.
No viejun@s, me refiero a esa época de nuestras vidas en que los fines de semana después de comer nos sentábamos delante del televisor porque sabíamos que tras el Telediario se nos obsequiaba con un capítulo de alguna serie de dibujos animados y a su fin podíamos disfrutar de una película.
Pues fue precisamente en esos años donde descubrí, para mi bien, grandes clásicos que aún hoy día sigo viendo de tanto en tanto.
Recuerdo como una tras otra fui devorando todas las películas de Tarzán protagonizadas por Johnny Weissmuller.
Gracias a él me aficioné a un personaje del que todavía soy fan (Nota personal: Dedicarle un artículo a Tarzán). Me encantaban todas sus películas, pero una por encima de todas: “Tarzán en Nueva York”, y es que eso de ver a mi héroe fuera de su ambiente natural me cautivó. Seguir leyendo…


